¡Hola!

Esta es una página personal sencilla, minimalista, moderna y estupenda por si quieres conocerme.

También es posible que ya me conozcas y hayas venido para ofrecerme un trabajo importantísimo: aquí hay un formulario de contacto.

En tono informal puedes seguirme en Twitter, para debatir sobre barroquismo; o en Instagram, para ver las mismas cosas cuquis que yo y celebrar la democratización de la exposición banal.

Ya no uso Facebook. Y jamás usé Linkedin. No se puede estar en todo y hay sitios en los que no hay que estar.

Además de perder el tiempo compartir conocimiento en las redes sociales tengo una vida productiva. A continuación explicaré cositas básicas sobre ella y subrayaré lo más destacable por si eres millennial. O por si tienes prisa y algo trascendental que hacer, como escribir una columna contra los millennials llena de odio generacional.

Vamos allá. Desde el origen.

El lugar aleatorio en el que empieza nuestra vida es una primera marca de identidad. Crecí en Móstoles y en una pequeña aldea de Lugo. En el contexto del extrarradio de Madrid y la montaña gallega aprendí casi todo lo que sé. Me refiero también a sobrevivir al pandillerismo urbano y a pastorear vacas: los tópicos no están para tumbarlos sino para apropiárselos como un valor añadido.

El resto estaba en los libros. Otro tópico: me gustaba leer. Me gusta. Podría justificarlo en que fui un chaval tímido y hacer un poco de poesía de un drama basado en hechos reales. Es obvio, en cambio, que no hace falta justificar por qué a un niño le gusta leer.

Leía cuentos acordes a mi edad, leía mucha historia occidental, que era la que estaba a mi alcance, y leía con absoluta disciplina la sección de Internacional de El País. Esto último solo los domingos. Así fue mi infancia. En serio, yo qué sé.

Hoy por hoy leo lo que cae en mis manos; sobre todo novelas, ensayos sociopolíticos y la sección de Internacional de El País. ¿The Guardian mejor? Pues puede ser. Lo que nadie ha superado jamás son las entregas de Manolito Gafotas, obra cumbre de la literatura en castellano.

Mi primera vocación fue la medicina. Quería ser pediatra. Era un ávido lector, débil y algo patoso, asi que frecuentaba los hospitales públicos mucho más que las bibliotecas. Acostumbramos a olvidar que el gran objetivo de un niño es crecer para solucionar decenas de problemas que los adultos ni siquiera pueden ver. Mis problemas eran la inclusión social, los virus y el escaso presupuesto disponible para comprar bloques de Lego. Y no los he olvidado.

Mi segunda vocación, no mucho más tardía, fue el periodismo. Soñaba con escribir crónicas enormes de actualidad política o contar noticias en la radio. Me enamoré de ella escuchando Hora 25 en el coche de mis padres. Y a Gemma Nierga mientras hacía los deberes, ya de forma voluntaria y en edades algo más conscientes.

Al contrario que a la mayoría de románticos de este oficio el periodismo local me despertaba más interés que marcharme a explorar el planeta. Por eso leía, incluso, los periódicos gratuitos que buzoneaban en casa. Esta misma actividad me llevó a conocer la diferencia entre buzonear y embuzonar. Una vez buzoneé propaganda politica cuando ya era mayor, que no maduro.

La filología es la tercera pata de mis aspiraciones intelectuales. Llegaron a convencerme para colaborar en la fundación de una editorial. No fue muy bien.

Jamás he perdido el interés por ninguna de mis vocaciones. Tampoco entiendo en qué consiste la división entre letras y ciencias.

Al final opté por estudiar periodismo y ciencias políticas. Letras y ciencias sociales. Me admitieron en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona y ahora vivo allí. En la ciudad: con la UPF solo hago lo que puedo y me lo paso muy bien.

Me interesa la política (que es casi todo) y también los movimientos sociales, la movilidad, el medio ambiente, la comunicación y cualquier historia por contar.

Me gusta viajar, observar, entender y explicar lo aprendido. Me gusta leer y aún más escribir. Me gusta conocer otras lenguas y abrir puertas con ellas.

Este año he empezado a estudiar árabe. Por segunda vez. No prometo nada. También me he comprado un libro autodidacta de aprendizaje del euskera. Me gustan los retos.

He tenido trabajos precarios y otros mejores. Mi favorito fue como monitor de una sala recreativa. Ahí aprendí otra palabra chula por aplicación práctica: dadaísmo. El caso es aprender.

Mi padre, un cocinero creativo y brillante, nos dejó (demasiado pronto) un pequeño negocio que también defendemos con orgullo. A eso es a lo que me dedico ahora, a combinar todas mis pasiones con un proyecto propio y familiar.

La vida es el resultado de un plan ilusionante y de un montón de situaciones sobrevenidas. El caso es aprender, sí; y también adaptarse para disfrutar.

Hasta aquí el momento de autoayuda.

En cuanto a los datos tangenciales sin interés aparente puedo contarte que suelo moverme en bici y que prefiero viajar en tren. Cada poco tiempo necesito una escapada a la naturaleza o hacer deportes de montaña. Y de haber sido un niño raro (en realidad no lo creo) me queda una última pasión: el teatro. En aquel entonces lo practicaba en los grupos del colegio y el instituto, ahora solamente viéndolo. Guardo con cariño el vídeo de la función con mi papel protagonista más sonado: el de Señor Espejo, protagonista de una tragicomedia en la que Señor Reloj se había resfriado y no daba bien las horas.

En cuanto a los datos tangenciales de mi vida con mayor influencia personajística puedo aportar otros dos.

Uno, que tengo una vinculación personal con el colectivo LGTB. Explico por el mundo, a quienes me quieren escuchar, que la bisexualidad existe.

Otra, que en mis ratos libres aún escribo un blog, que ya es una cosa tan antigua como las columnas de los periódicos pero, la verdad, igual de maravillosa. Ambas durarán más tiempo del previsto.

Así que este soy yo. O esto ha sido un poco de mí y de las cosas que me hacen feliz.

En realidad nada me hace más feliz que unas croquetas.

Si no me vas a contratar para revolucionar la radiodifusión española al menos invítame a croquetas.

Por favor.

A cambio, te puedo aportar mi lista favorita de Spotify para que te lleves un buen recuerdo de esta visita.

Te he contado estas cosas y de esta manera porque no me gustan los CV impersonales. No aportan un por qué. Para conocer a las personas hay que llegar a los porqués. Y esto ni siquiera es un currículum, es la tarjeta de presentación que nutre el odio de Twitter o el estalqueo de Instagram.

Sé que has llegado por ahí.

Ahora puedes contar lo fanático que soy del polisíndeton. Supongo que te has dado cuenta.

Y de las croquetas, y de las croquetas.

Que aproveche.